lunes, 7 de enero de 2013

"La gran tortuga" de Adrián Tanoni


Durante días y días que luego se hicieron semanas, que luego se hicieron dos meses, Leonardo Leopoldo García- un pequeño de diez años- se sentaba delante de la gran tortuga. Desayunaba, asistía a la escuela, y ocupaba su tiempo con todo lo que un niño de su edad habitualmente lo ocupa (videojuegos, salidas, televisión, etc.), pero además, una media hora de su tarde –minuto más, minuto menos- la empleaba en sentarse delante de la gran tortuga, ésa que tenía su madre desde que ella era tan pequeña como él.
Lo que aquí se cuenta, ocurrió durante la época más fría del año, en la que las tortugas - por lo general - hibernan. De modo, que ella estaba dentro de su caparazón y Leonardo Leopoldo la contemplaba sin que el animalito sacara la cabeza ni ninguna de sus patas. La gran tortuga sencillamente dormía y dormía.
-Esa tortuga ha sido mía y nunca me llamó tanto la atención como a nuestro hijo. Pero él parece que le busca algo en el caparazón…-le comentó, pensativa y angustiada, su madre a su padre, mientras que Leonardo Leopoldo sostenía con sus manos la gran tortuga…
-Sí, es como si estuviera leyendo algo…- comenzó a decir él mientras se tomaba un mate que sostenía con una mano y con la otra se rascaba la barba que comenzaba a crecerle al terminar el día, y luego de darle un sorbo al mate agregó enojado- ¡Pero qué niño! ¿Acaso yo no le compro los juguetes que él quiere como para que ocupe su tiempo libre en entretenerse con ellos…?
-No creo que sea eso- contestó la madre mientras apoyaba el codo sobre la mesa y se tomaba el mentón con la mano para convocar una idea que le permitiera explicar un poco mejor esa extraña conducta se su hijo.
Pasados unos minutos, los dos decidieron que lo más oportuno, inmediato y eficaz en esas circunstancias sería hablar con el pequeño que estaba impertérrito y concentradísimo pasando el dedo índice de su mano izquierda sobre el irregular caparazón de la tortuga.
-Leonardo Leopoldo, podrías explicarnos por qué pasas tanto tiempo mirando el …- la madre, que era quien había decidido formular aquella pregunta que buscaba la respuesta que tanto la desvelaba, ni siquiera llegó a terminar lo que tenía pensado decir. Su hijo la interrumpió con la siguiente frase:
-¡Es probable que mañana nieve!
Fue tan imprevista la respuesta, que padre y madre en un movimiento casi instantáneo hicieron que sus ojos perplejos se encontraran: se miraron mutuamente y no supieron qué más decir. Regresaron a la cocina y dejaron solo a su hijo en la habitación delante de la gran tortuga.
Que hacía frío en aquella época era cierto, pues estaban en invierno. Sin embargo, hacía más de sesenta años que en la ciudad no nevaba. Y mientras que al día siguiente, cuando su padre continuaba preguntándose de dónde había sacado su hijo eso de la nieve, corrió la cortina azul de la cocina que daba al patio. Estaba dispuesto a tomarse unos mates bien calientes y dulces para combatir las bajas temperaturas que suelen acompañar a esta época del año, pero antes de tomar el primero comenzó a gritar, preso de un extraño acontecimiento. Cuando Victoria- la madre Leonardo Leopoldo- escuchó los gritos de su marido, imaginó que algo terrible había pasado. Inmediatamente salió como disparada hacia la cocina mientras se terminaba de poner su camisón largo y rojo.
-¡Nieva, nieva!- gritaba Rodolfo parado delante de la ventana sosteniendo a pocos centímetros de su cara sorprendida el mate de madera humeante y aún sin tomar. Victoria también se quedó estupefacta al ver que el césped del patio estaba recubierto por una ligera aunque helada capa de nieve.
Leonardo Leopoldo, también se hizo presente en la cocina y en sus manos traía la gran tortuga.
Durante aquel día nadie se explicaba cómo Leonardo Leopoldo había acertado con lo de la nieve. Por la tarde, cuando esta vez Rodolfo iba a la habitación de su hijo para pedirle explicaciones, Leonardo Leopoldo, que estaba delante de la tortuga, le dijo.
-En unas horas llegará la abuela.
-¿Mi madre o mi suerga?- preguntó Rodolfo boquiabierto ante la nueva respuesta de su hijo.
- Tu suegra… Y va a quedarse a dormir.
¡Y así fue esa vez: llegó la abuela! Visita sorpresa, ya que justo pasaba por ahí. Y aquella noche, como se largo a llover torrencialmente y además hacía muchísimo frío, ella se quedó a dormir.
Así ocurría en cada oportunidad que Leonardo Leopoldo anunciaba algo. Durante los minutos que él estaba frente a su tortuga y Rodolfo o Victoria le preguntaban, siempre anunciaba lo que ocurriría al día siguiente, o en unas horas o en un mes.
-Es que la tortuga es un animal milenario, y en cada una de las formas de su caparazón está escrito todo lo que sucederá- comentaba el niño con la mayor de las certezas.
Hay que decir que Leonardo Leopoldo era un niño curioso. Solía leer o ver documentales. Le encantaba todo lo que tuviera que ver con el misterio.
Con el paso del tiempo todo aquello que se les había presentado a los García como algo extraordinario, luego pasó a ser habitual. Eso fue lo que ocurrió, cuando comenzaron a sucederse los meses y el tiempo del invierno riguroso quedó atrás para dar paso a la primavera y luego al verano. Durante esos meses el dueño del kiosco en el que Rodolfo jugaba habitualmente a la quiniela, no se explicaba cómo había hecho su ahora afortunado cliente para acertar a todos los números que habían salido en los últimos tiempos. Ni tampoco las amigas de Victoria entendían cómo ella solía comprar los cartones ganadores cada vez que juntas iban a jugar al bingo de la zona.
La gran tortuga, al llegar el calor primaveral sacó su cabeza y sus arrugadas patas del caparazón. Quiso salir de la caja en la que Leonardo Leopoldo la tenía dentro de su habitación para volverse a pasear por el patio de la casa.
-En uno de mis libros leí que en la Antigua Mesopotamia y en la China se creía que los animales tenían la capacidad increíble de anunciar aquello que iba a pasar- les comentó una vez el pequeño Leonardo Leopoldo mientras los tres cenaban.
A partir de aquel ilustrísimo comentario, Rodolfo decidió llamar a su hijo tan instruido Leo-Leo debido a su gusto por la lectura.
Todo en la vida de la familia García siguió como siempre con la única y profética diferencia que el niño era capaz -gracias a la gran tortuga- de anunciar el futuro.
Otra circunstancia que alteró lo cotidiano fue la presencia Lucrecia – una pelirroja y hermosa niña que era la nueva compañera de banco de Leo-Leo en la escuela-. Pronto él se enteró de que ella tenía un tortugo, y quizás por eso o por motivos más amorosamente secretos y personales, Leo-Leo comenzó a visitarla, llevando -claro está- a la gran tortuga para que saludara a al tortugo Estanislao.
Pasó el tiempo y con él las estaciones. Hasta que Victoria comenzó a notar durante toda aquella semana que a su hijo se lo veía bastante triste y callado. Creía que el motivo de esa congoja se debía a que Leo-Leo se había peleado con Lucrecia.
-No es eso, mamá, es otra cosa…
-¿Y qué es?- preguntó ella más que curiosa.
-No voy a decírtelo…
Los días continuaron sucediéndose. La tristeza y amargura del pequeño Leo-Leo iba notablemente en aumento. Hasta que finalmente, ante la reiterada insistencia de su madre Leo-Leo, entre pesadas lágrimas cargadas de dolor, dijo:
-El caparazón de la tortuga me anunció algo que me entristeció mucho.
-¡¿Qué es?!- preguntó y exclamó VIctoria alarmadísima ante lo difícil que parecía todo aquello para su hijo.
-Que ya está muy vieja y puede que…
A Leo-Leo le fue imposible seguir hablando; en aquel momento no pudo evitar llorar torrencialmente. Victoria recordó que la gran tortuga ya era casi tan grande como ahora cuando a ella se la habían regalado. Entonces, aunque quisiera pensar que todo era una equivocación, también se sintió muy triste. Tristeza que además voló al corazón de Rodolfo cuando se enteró de todo.
Y efectivamente así fue… Tres meses después, la gran tortuga, aquella sobre cuyo caparazón Leo-Leo había descubierto las marcas que comunicaban el futuro, no salió nunca más de su arrugada y dura casa.
Todos se entristecieron más que muchísimo, hasta la hermosa Lucrecia. Pero triste y todo ella, acompañada del tortugo Estanislao, visitaba ahora más que nunca a Leo-Leo. Sin embargo, aunque intentara distraerlo de aquella situación, ni la niña y sus padres lo conseguían. Incluso había días en los que él no quería ni siquiera salir para asistir a la escuela.
Diariamente, Lucrecia y Estanislao visitaban a Leo-Leo.
Y durante esas visitas, Victoria notó que mientras Lucrecia y Leo-Leo hablaban, iban a la computadora o se entretenían con algún juego, el tortugo Estanislao se apartaba de ellos. Y siempre se dirigía a un mismo sector del patio. Allí se quedaba horas y horas, hasta que Lucrecia se lo llevaba.
-Parece que Estanislao no quiere irse de este lugar- les comentó Victoria a su hijo y a Lucrecia
Entonces, en más de una oportunidad, la propia niña decidió dejarlo algunos días pues pensó que aquello era cierto: que su tortugo estaba muy a gusto en ese lugar y además que era una buena compañía para Leo-Leo.
Y sucedió algo impensado, que Leo-Leo ni siquiera hubiera podido imaginar. Un día durante el cual el tortugo Estanislao se había quedado en su casa, él decidió llevarle un poco de zanahoria. Estanislao siempre ocupaba el mismo sector del patio: debajo del malvón, y de las demás plantas ubicadas a un costado de la escalera. A Leo-Leo eso no la parecía demasiado curioso pues allí mismo solía estar la gran tortuga.
Aquel día al acercarse, notó que ocultos en la tierra había por lo menos media docena de huevecitos. Y no sólo eso, al ver con mayor atención la cáscara de aquellos huevos, notó que éstas comenzaban a romperse, para dejar salir a pequeños tortuguitos. Tortuguitos que el propio Estanislao había estado cuidando.
¡Enorme fue la alegría de Leo-Leo, quien pese a extrañar a la gran tortuga entendía que ahora por los menos tenía a sus pequeños hijos a los que iba a poder cuidar con ayuda del tortugo Estanislao y de Lucrecia, claro está!



 Adrián Tanoni



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